viernes, 11 de julio de 2014

El otro discurso

Si intentara aquí un verso acataléctico en el que explicara la adynaton de la situación local de mi pueblo y para que no me pudieran llevar a juicio usara una antonomasia, parecería una mojiganga en la que yo quedaría como un pedante estúpido y tú, lector/a, como un estúpido sin más.

No te asustes, ni yo soy tan culto ni tú tan lerdo. Ni yo quiero hacerme el listo ni quiero que creas que eres un bobo. He tenido que recurrir a un diccionario para colocar aquí esas cuatro palabras que nos van a servir de ejemplo de la terrible distancia que hay entre quien quiere comunicar algo –para transmitir un mensaje, una idea o un concepto- y aquellos que se empecinan en hablar incumpliendo la ley fundamental de la comunicación (mensaje) y los tres filtros socráticos. Parece ser que un discípulo fue a contarle a Sócrates que alguien hablaba mal de él. El maestro le preguntó si había aplicado los tres filtros (o barreras) y el alumno reconoció que no sabía qué era aquello: “Entiendo” -le dijo Sócrates- entonces permíteme aplicártelo a ti”. “Lo que vas a contar de nuestro amigo ¿es verdadero?”. “No lo sé” -le contestó-. “Ya veo”, dijo el filósofo, y volvió a preguntarle: “Lo que vas a contar de nuestro amigo ¿es bueno?”. “Definitivamente no”, le contestó. Por último le preguntó Sócrates: “Lo que me vas a contar de nuestro amigo ¿me es útil?”. “No… no creo que te sea útil”. “Entonces, -le expuso Sócrates a su discípulo-: “si lo que me vas contar de nuestro amigo no es verdadero, ni es bueno y tampoco me es útil ¿para qué me lo vas a contar?”.

Mil veces hemos dicho ya que la política está en crisis. En mi opinión lo está el modo y la forma (casi nunca el fondo) de hacer política. Lo que antes llamábamos elite u oligarquía y ahora llamamos casta, se ha ido autoproclamando un grupo selecto, que se cree capaz, erudito y académico; que ha adoptado unos gestos aprendidos, una pantomima mediática y, sobre todo, un lenguaje enrevesado, aparentemente culto, rico y cargado de tecnicismos. Esa forma de mensaje procuraba alejar, desalentar e incluso prohibir que la inmensa mayoría de la gente se acercara a la política, hiciera política. Conceptos como la “cosificación de la mujer” (convertir a la mujer en un objeto, en una cosa); decir que alguien ha planteado “un axioma” (que algo es evidente sin necesidad de demostración); acusar a alguien de “demagogo” (casi siempre usado como falacia y no en el sentido original de corrupción del buen gobierno); o miles y miles de palabras técnicas o académicas, no hacen sino buscar mantener esa brecha entre quienes supuestamente nos representan y quienes deberían de ser los verdaderos actores: la gente, los ciudadanos y ciudadanas.

No quiero decir con esto que el discurso (vehículo de ideas) se convierta en arenga o soflama, que se cargue de vulgaridad o se haga soez, pero sí quiero defender aquí la importancia de las ideas por encima de cómo se expongan y, sobre todo, que sean verdaderas, buenas y útiles. Quizá un discurso más cercano facilitará un acercamiento y nos convertirá a todos en actores, a no ser, claro está, que se pretenda despreciar a quienes no sean capaces (o no les apetezca) de jugar con estas manidas reglas. Repito: Más verdad, más bondad y más utilidad. 

martes, 8 de julio de 2014

Crema bronceadora contra Podemos e IU

Quedan algunos partidos del mundial de fútbol y, además, están las lesiones de insignes figuras, los fichajes del próximo año, la final y las celebraciones de turno. Ese será el plazo para que, por ejemplo, Gibraltar vuelva a ser un problemón, o, se den como noticias los cuernos, posados, amoríos, divorcios y demás cosas interesantes de la gente guapa.

El verano es el momento propicio para los decretazos, las leyes sin consenso, los ataques a la libertad y la democracia, los indultos y los insultos a la inteligencia y al sentido común: la crema bronceadora es en realidad un dulce anestésico de conciencias. Poco saben los maquiavélicos poderosos de la realidad que intentan manipular, porque ha cambiado de tiempos, de hábitos, de forma y de estructura. Hoy, cuando ni salimos de la crisis ni terminamos de entrar en ella (intentaré explicar esto en un futuro artículo) la sociedad española se desdibuja, se transforma, se organiza y aspira, se confronta y, sobre todo y fundamentalmente, piensa. No podemos lanzar las campanas al vuelo pero una nueva perspectiva de sí misma y de su posibilidad de jugar un papel propio en la toma de decisiones, de ser parte y partícipe, se abre paso poco a poco en el consciente individual y colectivo; insisto, no es la totalidad –se habría acabado este artículo y el problema- pero sí parece que renace una cierta esperanza.

He aprendido algo de la mano de Carlos Taibo y de Serge Latouche sobre el “decrecimiento”, pero he descubierto que ninguno se anima a hacernos decrecer en lo peor del género humano: el decrecimiento no tiene que ser sólo económico, tenemos que generar una sociedad global en la que se decrezca en ambición, en codicia, en posesión de bienes materiales… y, al mismo tiempo, se crezca en solidaridad, en cultura, en intercambio, en autogestión y cooperación, en igualdad y en conocimiento de uno mismo para sumarse a proyectos colectivos.

En ese verano que es hoy, tenemos dos opciones nítidas que, creo, deberían de anexarse (asociarse o fundirse) cuanto antes para organizar esa nueva conciencia y realidad. Izquierda Unida y Podemos, Podemos e Izquierda Unida (junto a otras fuerzas políticas, sindicales, movimientos sociales, mareas, etc.) tienen la obligación de entenderse para plantear un modelo que contrarreste, se anteponga y después venza al único culpable real de la situación económica, antidemocrática, social y cultural que padecemos: el capitalismo.

Ninguno de los dos modelos es perfecto. IU es ya un partido clásico que no termina –lamentablemente- de ser creíble (y al que se le pueden hacer críticas organizativas y políticas) y Podemos ha optado por un modelo con pies de barro que ralentiza las decisiones y que aún no se ha tenido que enfrentar a sus propios fantasmas y contradicciones. Ambos tienen mucho que aprender el uno del otro y el otro del uno. Ambos tienen que recapacitar sobre sus posibilidades reales. Ambos pueden aprovechar cosas del otro. Ambos tienen que contagiarse. Ambos tienen que evitar que, al menos, la crema bronceadora se nos meta en los ojos. Una advertencia más y termino: aquel que desilusione o provoque el desencanto de esa “nueva sociedad” que quiere decidir pagará un alto precio, así es que ojito con las aspiraciones individuales, con los miedos, con los odios, con lo clásico y lo nuevo.

En política uno más uno no siempre da dos. Aprovechemos ese despertar para desperezarnos, retratarnos juntos y sonreírle al futuro. La otra opción es esperar a ver qué pasa en Gibraltar o los cuernos de fulanita, las lesiones de menganito… Podemos (y debemos) crear una izquierda (unida).

miércoles, 2 de julio de 2014

Alcaldes guapos, ciudadanos idiotas

Decía el gran Pericles (el dibujante, no el griego) que “la mejor prueba de que en Estados Unidos cualquiera puede llegar a ser Presidente la teníamos en su presidente”. Eran los tiempos en los que un actor mediocre, pero actor, llegaba a la Casa Blanca para dirigir la “nación más poderosa del planeta”.
Cuando ya no quedan dudas del papel de los medios de comunicación ni de su capacidad para crear conciencia –destruirla en realidad-, para encausar nuestro consumo, para alinearnos culturalmente o, simplemente, para generar opinión o realimentar las modas, nos despertamos con la noticia de que el PP está pensando reformar la Ley Electoral (y algo más) para que los ciudadanos elijamos directamente a nuestro alcalde y, de paso, que no se puedan agrupar partidos para sumar concejales y que la cabeza del consistorio acabe en manos de un partido menos votado que otro.
En principio lo que parece una bondad democrática no es sino una torticera formal de consolidar al guapo de turno frente a las voluntades mayoritarias. Dicho de otro modo: la elección directa del Alcalde (al modo de unas presidenciales) otorgará al elegido o elegida la capacidad de designar a los concejales con responsabilidades directas. Los ciudadanos no votarán listas ni programas (ya que estos no son de obligado cumplimiento) sino que elegirán entre aquellos candidatos más empáticos, más simpáticos, con más presencia mediática, más conocidos… Es, el principio del fin de la política representativa pero no en una evolución lógica de desarrollo de la Democracia, sino, muy al contrario, recuperando el viejo estigma de la imagen. Los criterios para elegir a un candidato van a ser establecidos por su oratoria, su poder de seducción, la difusión de los media, sus gestos aprendidos y teatralizados, en definitiva, por su perfil y las simpatías que pueda despertar (entre la población en general y entre los poderosos en particular).
Que ningún vecino se confunda con los diversos conceptos que estamos planteando aquí: empatía y simpatía no son lo mismo y deberíamos de profundizar también en otros como los ritos (políticos) y quizá explicar la “americanización de nuestra vida cotidiana y de nuestra vida pública” con la “doctrina del shock” que definió Naomi Klein. Pero creo que bastará una breve reflexión libre y ciudadana, digamos de cada uno y una de nosotros, para llegar a la misma conclusión: Alcalde guapo y simpático es radicalmente proporcional a ciudadanos idiotas y borregos. Frente a dar más y más poder a la gente están intentado construir un modelo de lo mediático, de lo tecnócrata. Frente a la suma de ilusiones y compromisos intentan interponer una televisión de plasma que nos ciegue, nos dirija y nos obnubile. Frente a “el nosotros”, colocarán un títere; pero ojo, ese guapo tendrá el poder.
Me despido con la parte final de un poema de Benedetti titulado Los Candidatos. Espero que contribuya a esa reflexión que, creo, tiene que hacer cada uno.
 
Por la avenida vienen
los candidatos.

Desde la acera
solo y deslumbrado
un candidato a candidato
avizora futuro
y se relame.

sábado, 28 de junio de 2014

-¡Que yo no soy gay! El gay es mi novio

Mucho se ha escrito ya de lo que ha significado y significa la imposición cultural judeocristiana. Se ha utilizado tanto para explicar una buena parte de nuestras relaciones comunes como para argumentar los motivos de nuestras manifestaciones o actitudes sociales o culturales. Se ha llegado a decir que esa tradición fija nuestras normas básicas y establece nuestras relaciones.
Puede que todo eso sea así. Sin lugar a dudas nuestro modo de ver el mundo (y de movernos en él) es una suma de características históricas, pero eso no basta para explicar el rechazo hacia quienes muestran una sexualidad diferente. Además de entender que vivimos en una sociedad tremendamente machista tendríamos que colocarnos en una nebulosa de fronteras difusas y añadir conceptos como el estereotipo, el rol, la tradición, la familia… ni siquiera así lograríamos meter en la coctelera todos los elementos de análisis.
Es innegable que esa sexualidad “diferente” sigue provocando rechazo, mofa, marginación, cuando no animadversión u odio, sin olvidarnos de aquellos que la consideran una perversión o una patología. Pero ¿cómo acabar con eso y por qué tenemos que hacerlo?
Hay que acabar con ese odio o rechazo porque las personas tienen –todas- los mismos derechos: Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros. (Artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos). Sus etiquetas formales (homosexual, lesbiana, bisexual, transexual…) y sus etiquetas usadas como armas arrojadizas unas veces y para que ellos/ellas puedan reírse de esos ataques (marica, bollera, loca…) deben de ir desapareciendo de nuestra conciencia y cultura. Como siempre, unos medios de comunicación adecuados, una educación básica adecuada, una legislación adecuada y, sobre todo, una sociedad adecuada, son las cuatro herramientas y fines básicos de este cambio.
Hoy, día del orgullo, yo también quiero sentirme orgulloso de todas esas personas que no ocultan lo que son (porque quien tiene que ocultarse es aquel que esté dispuesto a vacunarlos o a molerlos a palos, a despreciarlos o condenarlos); orgulloso de quienes se manifiestan o luchan (porque quien tiene que callar es aquel que odia porque “no lo entiende”); orgulloso porque una bandera arcoíris puede por fin simbolizar una lucha (porque aquellos que esgrimen otras, o algún crucifijo, ocultan bajo esvásticas o aguiluchos la sinrazón y la estupidez); orgulloso de esos hombres y mujeres que saben lo que son, saben lo que quieren y tienen todo el derecho a ser como les dé la gana (porque aquel que no es capaz de comprender al corazón difícilmente entenderá de nada).
He encontrado una imagen hoy por las redes sociales y la comparto aquí porque creo que resume y expresa mucho mejor que yo todo ese orgullo. En cada barra del arcoíris han puesto una frase: soy gay, soy lesbiana, soy bisexual, soy transexual, soy heterosexual… soy persona.
Por un mundo de personas. Viva el día del orgullo y la lucha de l@s orgullos@s.

miércoles, 25 de junio de 2014

Y dimitió

Lo he dicho muchas veces y voy a comenzar este artículo repitiéndolo ahora: IU es una organización compleja en la que convive una estructura piramidal (partido clásico) con una forma poco geométrica, sin límites definidos y variable en el espacio y el tiempo (movimientos). A su vez, su organización no es homónima en todas las Comunidades Autónomas/Nacionalidades, ni éstas entre sí ni en comparación con el supramodelo.

Sí se distinguen, en general, las organizaciones básicas elementales (Asambleas) sujetas a un espacio geográfico determinado (pueblo, barrio, ciudad, comarca, isla…) pero a su vez, éstas pueden convivir con elementos organizativos teóricos o profesionales, de sector o de tema (Áreas). Lo bueno y lo malo de ese modelo lo dejaremos para un análisis en profundidad sobre la organización pero a simple vista resulta evidente que está entre el partido clásico y la jaula de grillos, entre lo nuevo y lo viejo, entre un quiero y no puedo…

Sus estatutos (se supone que la forma que hemos elegido de organización, principios, deberes y derechos) no son un reglamento en sentido estricto y, además, son interpretables en tanto que norma mínima. Además, no tiene mecanismos ágiles de autocorrección y siempre queda la decisión final en manos de quienes pudieran incumplirlos (en parte la metáfora del zorro guardando el gallinero). Como se podrá observar, todo esto es –o lo parece- una crítica feroz contra el modelo, contra el modo y la forma, contra resultado y el método. Pero, lejos de eso, no es sino la demostración palpable de que esta organización permite, consiente e impulsa toda clase de críticas.

He intentado, brevemente, dibujar el modelo pero me faltarían folios para explicarlo y nunca sería un retrato suficientemente bueno. Para mí IU adolece de exceso de democracia y de libre albedrío (y entiendo que cueste comprender que esto sea un problema) porque cada hombre y mujer de IU es, en la práctica, una compleja estructura política. En mi humilde opinión ahí está su grandeza y su defecto: poder hacer, poder decir, poder crear, y, de otro lado, la obligación de lo común, el deber al programa, a una ética y práctica determinada.

Ser coherentes tiene un altísimo precio, pero hay que ser coherente porque si no vivimos como pensamos pronto pensaremos como vivimos. Ahora bien, ese esfuerzo no es algo que tengamos que pedirle en exclusividad a nuestros dirigentes o representantes sino que tiene que ser un sacrificio permanente de cada uno de nosotros. ¿Somos de izquierdas? Eso significa, en lo viejo y en lo nuevo, un mundo sin injusticias, sin desigualdades, sin explotación… Nadie con sentido común piensa delante de un espejo. Quizá alguno ensaye algún gesto o discurso porque esté pendiente (o aprendiendo) pero nadie busca su reflejo para recapacitar ni se coloca ante él para decidir sobre las actuaciones de los demás.

¿Vas a trabajar en coche pudiendo ir andando? Quizá también tú tengas que dimitir.

Me siento orgulloso de que desde IU, con esos hombres y mujeres que día a día se parten la cara por construir ese mundo mejor (soñado por cada uno y diseñado entre muchos) se puedan dar dimisiones como la de Wily Meyer. Con mucho por mejorar (mucho, mucho, mucho) no creo que haya una organización tan transparente, participativa y democrática como Izquierda Unida… al menos, ninguna que se haya enfrentado aún a sus propias contradicciones y fantasmas. Sí algún día aparece una mejor (como herramienta transformadora y no como fin en sí misma) yo no dudaré en decir adiós… pero me miraré en el espejo no sea que me pille con malos pelos.

 

sábado, 17 de agosto de 2013

El verano nos vuelve gilipollas


Está empíricamente demostrado que el homo sapiens (occidental y del hemisferio norte) se vuelve gilipollas en verano. Quizá durante el resto del año ya lo sea pero compite tanto con el resto de gilipollas del planeta que casi ni se nota.

Cortina de humo es una de mis películas favoritas; nos muestra cómo distraen nuestra atención de las cuestiones fundamentales, en este caso y más exactamente, un presidente en apuros por un escándalo sexual con una becaria a unas semanas de las elecciones es salvado por un equipo experto en “ventas” (eso que ahora llamamos márquetin los españoles y nos quedamos tan anchos) al inventarse una guerra contra un país terrorista, con muchos terroristas, lleno de terroristas, todo él terrorista.

La cortina de humo, literalmente hablando, deriva de tácticas militares: el humo impide que el enemigo vea nuestros movimientos o la posición de nuestras tropas. Dicen los que saben de esto que es una acción muy antigua inspirada, quizá, en la posibilidad que tenían los barcos de escapar de los perseguidores en los bancos de niebla. No he logrado averiguar a quién se le atribuye la ocurrencia pero los textos clásicos griegos ya cuentan algunas batallas en las que se usó. El caso es que hoy en día, en este periodo que llamamos moderno, el término se usa más en el sentido figurado de la película citada que en su acepción original.


Ahora llega el momento en el que yo debería de hablar de lo que está ocurriendo en el Peñón de Gibraltar, y a lo mejor preguntarnos por qué no ocurre en Andorra. Igual podría hablar del fútbol; de los fichajes o el comienzo de la liga, o sea, del pelo de Sergio Ramos. Podría reflexionar sobre el papel de las religiones y analizar sesudamente pero de modo superficial y simplista qué está ocurriendo en Egipto, y, claro está, preguntarnos si la guerra en Siria ha terminado ya. Del posado de la Obregón. Del Concurso Internacional de tocar la guitarra sin guitarra (esto existe, os lo juro). De los cuernos de la famosísima menganita. De las vacaciones de los estupendísimos fulanitos. Del gran estreno de Los Pitufos II. No estaría de más, hacer un amplio reportaje sobre la calor que hace en Sevilla en los meses estivales. Las fiestas patronales varias. El tráfico y las operaciones salidas y retornos. Los encierros de toros… en fin, como podéis ver, literalmente hablando si ponéis cualquier noticiario, todo un amplio abanico de cuestiones trascendentales.

En verano se nos olvida la lucha de clases y la sustituimos por luchas en el barro con dos musculosas y aceitadas señoritas que intentan derribarse. En verano las cortinas de humo no nos dejan ver el humo de las cortinas que arden, incendiadas por odios antiguos, razones antiguas y rencores nuevos, en las casas de miles de inocentes y, lo que es peor, no distinguimos un humo del otro aunque los dos nos irriten los ojos. En verano no hay corruptelas, hay declaraciones y manifestaciones jaleatorias de fascistas nuevos que se ríen de ancianos estafados. En verano no hay paro, ni precariedad, ni hambre de libertad, justicia e igualdad; preferimos el sabor de las barbacoas.  Todo cambia para que nada cambie, todo continúa para que nada continúe. Una vez leí la más tremenda explicación de cómo acabó el "mayo francés": llegaron las vacaciones. En verano el mundo, occidental y del hemisferio norte, es casi perfecto. Definitivamente, nos hemos vuelto gilipollas.

Antes de que la cortina de humo significara ocultar, se hizo célebre la frase "El perro de Alcibíades" (la película en inglés se llama "wag the dog") que, dicen, en mitad de una acalorada discusión en un foro, cortó el rabo a su perro. Cuando le preguntaron el porqué de tan irracional comportamiento contestó que, mientras hablaban de su perro, no hablaban de las corrupciones y caprichos de su gobierno.

viernes, 2 de agosto de 2013

Vamos a volverlos locos


Parece evidente que los diferentes estados espían a sus ciudadanos. No porque lo diga un arrepentido agente de la CIA, sino porque las pruebas son manifiestas[i]. Alejándome de la teoría conspiratoria baste con señalar que un matrimonio de Long Island fue interrogado después de que hicieran varias búsquedas sobre mochilas y ollas a presión a través de un “goonocible” buscador de Internet: él preocupado por una excursión y ella por cómo preparar una quinoa (unas lentejas, vaya).

Siempre ha corrido el rumor de que España disponía de un potente ordenador (tres en realidad) y un programa que seleccionaba palabras claves, es el conocido SITEL: bomba, colocarla, actuar… para un algoritmo potente puede resultar una mezcla muy “explosiva”, y, dicen, se encarga de vigilar las redes y la telefonía fija y móvil para buscar “al azar” esas y otras combinaciones. Los espías españoles dicen que no nos espían –y no es un chiste o un juego de palabras- y digo yo que esa será la primera regla de oro del espionaje ¿no? [ii] Imaginad: -hola, qué haces, me espías o qué haces. –No, no, caballero, cómo se le ocurre a usted pensar una cosa así. ¿Lo dice usted por mi sombrero de ala ancha, mi reloj con laser y el zapatófono?

Volvamos a las palabras. Al parecer el Estado se ha protegido jurídicamente para poder realizar estas prácticas[iii] y yo he estado pensado cuáles podrían ser esas palabras claves: Por supuesto bomba y artefacto parecen evidentes. Más, posiblemente, términos como “lo reventaremos”, “se van a enterar estos cabrones”, “la pondré cuando pase el desfile”, “apunta a la cabeza”… qué se yo, esas grandes frases de las películas de malos. Pero ¿estarán incluyendo en esas “alertas” palabras o frases del tipo “manifestación”, “protesta”, “despidos”, “quedada”, “colectivo”, “actuaremos”, “opresión”, “vamos a organizar…”? ¿Estarán usando esos mismos programas para conocer la actividad sindical, política, religiosa o social? ¿Quién nos asegura que al tiempo que se rastrea que un terrorista le diga a otro que va a colocar un pepino a las 13’48, en la esquina de tal –que ya hay que ser tonto- no se está espiando a miles de activistas contrarios a este sistema, a este modelo, a este régimen?

No voy a esperar a que aparezca aquí un Edward Snowden o un WikiLeaks a la española. Mi propuesta es bien sencilla: El próximo sábado, 10 de agosto, propongo que todos/as usemos todas esas palabras en nuestras conversaciones, mensajes de texto, redes, etc. Por ejemplo #bomba, hace calor. O #soy un terrorista, creo que los pajarillos lo pasan muy mal. En las conversaciones por móvil igual: -Hola, esto es la bomba. –Pues para bomba la mía. Qué se yo, hay miles de chorradas que decir con esas palabras y con otras. Si nos espían… vamos a volverlos locos. Por la libertad, por la democracia. A ver si logramos que aparezca la verdadera búsqueda y vigilancia a la que nos someten o, al menos, abrimos un debate sobre derechos-información-control.